Tenemos la falsa creencia
de que el exceso de luz
incrementa la visibilidad
y mejora la seguridad ciudadana
Recuperar la oscuridad de la noche
En el mundo civilizado cada vez es más difícil observar el cielo. Es un proceso acelerado que afecta a dos tercios de la población mundial y que amenaza con convertirse en un fenómeno global. La causa no es otra que la llamada contaminación lumínica, un tipo de polución resultado del uso masivo e inadecuado de fuentes artificiales de iluminación nocturna.
ANÁLISIS Iván Jiménez Montalvo. Instituto de Astrofísica de Canarias.
El relato de Isaac Asimov Anochecer cuenta la historia de una civilización alumbrada por seis soles que no conoce la noche. Un día, una inusual conjunción cósmica oculta sus astros y aparece por primera vez la oscuridad, descubriendo un cielo llovido de estrellas y un universo mucho más grande de lo que creían hasta entonces. Ahora pongámonos en la situación contraria: ¿qué pasaría si perdemos el contacto con el firmamento y convertimos el universo en algo mucho más pequeño?
En nuestro mundo civilizado cada vez es más difícil observar el cielo. Incluso empieza a resultar un desconocido para las jóvenes generaciones. Es un proceso acelerado que afecta a dos tercios de la población mundial y que amenaza con convertirse en un fenómeno global. La causa no es otra que la llamada contaminación lumínica, un tipo de polución resultado de un uso masivo e inadecuado de fuentes artificiales de iluminación nocturna. Luminarias mal apantalladas, lámparas de alta potencia y elevado consumo energético, así como proyectores incorrectamente dirigidos, son algunos de los factores por los que gran parte de la luz artificial es enviada hacia el cielo formando ese característico halo luminoso que cubre las ciudades, aún más evidente si existen partículas contaminantes o humedad en la atmósfera.
Es absurdo gastar energía en iluminar el firmamento. Sin embargo, a pesar de que nos cuesta millones de euros y aumenta la polución, nadie parecía darse cuenta de que la noche se apagaba hasta que los astrónomos, en su oficio de mirar el firmamento, dieron la alarma. Hemos iluminado la noche, pero también hemos deslumbrado al universo. El resplandor de la luz artificial es una seria amenaza para la ciencia. Aunque los astrónomos no son la única especie en peligro.
Al perder la noche sus estrellas, todos somos mucho más pobres. El cielo ha sido siempre un elemento esencial para el desarrollo de todas las civilizaciones. Nos ha servido para orientarnos, para determinar los ciclos de las cosechas, para establecer calendarios o para crear arte. No podemos prescindir del aprendizaje del Cosmos.
Pero la noche no sólo es parte de nuestras raíces culturales, sino también de la biodiversidad. Como en un invernadero, la iluminación invasiva ha prohibido la noche a muchos seres vivos que precisan de la oscuridad para sobrevivir. Aunque los efectos en la vida natural están poco estudiados, sabemos que la luz artificial origina deslumbramiento y desorientación en especies migratorias, como las aves; altera los ciclos de ascenso y descenso del plancton marino que afecta a la alimentación de algunos organismos; rompe el equilibrio poblacional de muchas especies al favorecer a unos depredadores en detrimento de los depredados, perjudicando, en el caso de la mengua de insectos, la polinización de las plantas; y prolonga la fotosíntesis provocando crecimientos anormales y desfases en los periodos de floración. Hemos condenado la naturaleza al insomnio. El derroche de luz no deja dormir ni a las plantas, ni a los animales, ni tampoco a las personas. La exposición prolongada a altos niveles de iluminación altera los ritmos circadianos, asociados a los ciclos de luz y oscuridad, que regulan el patrón de sueño y vigilia. Además de afectar al rendimiento, provoca desequilibrios orgánicos, como los relacionados con la hormona del crecimiento o la producción mamaria de leche, y se cree que puede incidir en algunos tipos de cáncer. Sin duda, la luz artificial nos ha proporcionado una innegable calidad de vida, pero su mal uso la convierte en un problema que precisa de medidas urgentes.
La población mundial se urbaniza y la realidad confirma la tendencia a la sobreiluminación y al derroche energético. En nuestra actual idea de progreso, hemos confundido cantidad con calidad, a menudo bajo la falsa creencia de que el exceso de luz incrementa la visibilidad y mejora la seguridad ciudadana. La solución está en utilizar menos luz para iluminar mejor.
Basta con dirigir la luz hacia donde es necesaria y con la potencia adecuada. Pero, como ocurre con la contaminación acústica, también es necesario legislar. En España existe el precedente de la ley del Cielo de Canarias (1988), que protege la calidad del cielo de los observatorios astronómicos. Actualmente, varios municipios y autonomías están elaborando o han aprobado medidas, como es el caso de Catalunya (2001) y Baleares (2005).
Nuestro divorcio con la noche nos enfrenta a la pérdida de un recurso cultural, científico y natural con consecuencias, no sólo para nuestro medio ambiente y nuestra salud, sino también para nuestra identidad como especie. Sin embargo, borrachos de luz se nos está nublando la mirada. Tal vez, como cuenta Eduardo Galeano en uno de sus relatos, un día nos sorprenda ver el siguiente cartel: “No nos dejan ver a la gente”. Firmado: las estrellas.
¿Cuándo desaparecieron las estrellas?
La polución lumínica es luz
que no es útil para iluminar,
es luz sobrante, luz superflua,
luz desperdiciada
J.M. RODRÍGUEZ ESPINOSA, director científico del Gran Telescopio Canarias
Galileo Galilei acaba de construir su primer telescopio. Corre el año 1609. Sube a la terraza de su casa, apunta a los objetos celestes por los que había estado intrigado desde su infancia, pone manos a la obra. Bastó un telescopio, con una lente de apenas 3 cm de diámetro, para hacer una serie de descubrimientos que abocarían en un cambio de paradigma, el fin de la concepción geocéntrica del universo. Casi 2.000 años de ciencia se tambalean por las observaciones realizadas con el primer telescopio que apunta al cielo. La Tierra vuelve a ocupar el lugar humilde y, a la vez, grandioso que le corresponde. Yesto gracias a las primeras observaciones de Galileo. ¿Cuáles eran estas observaciones? Galileo apuntó a la Luna, y observó sus montes y cráteres, apuntó a Venus y vio que Venus mostraba fases, como la Luna. Apuntó al Sol, y el Sol tenía manchas oscuras en su superficie. Apuntó a Júpiter y Saturno, descubrió los satélites del primero, hoy llamados galileanos, y vio los anillos de Saturno.
Para toda esta proeza Galileo tuvo que haber fabricado su telescopio, salir a algún lugar donde no hubiera techo encima, y apuntar a aquellos objetos del cielo que tan bien conocía. Hoy día no podríamos hacer esto desde la terraza de nuestra casa, o desde cualquier lugar cercano sin techo sobre nosotros. El techo no es el problema, la contaminación lumínica, sí. Y lo peor es que estas observaciones no solamente no son complicadas, sino que dichas observaciones se han podido hacer desde la terraza de casa hasta hace menos de cincuenta años. El efecto fundamental de la polución o contaminación lumínica de las ciudades modernas es la pérdida de la visión del cielo nocturno. Hablamos de polución porque se trata de luz que no es útil para iluminar, luz sobrante, luz superflua. Es luz, por tanto, desperdiciada. Es luz que en lugar de iluminar nuestras calles y plazas, ilumina el cielo, desposeyéndonos de este modo del grandioso
espectáculo del cielo nocturno, de la ventana a la eternidad.
Durante este último siglo gran parte de la población del mundo civilizado ha perdido la capacidad de ver el cielo nocturno, y con ello la capacidad de asombrarse por el universo. Este efecto pernicioso puede revertirse con un meditado y valiente uso de la iluminación artificial.
Apostemos por la oscuridad de la noche. Nos va la visión de la eternidad en ello.
Para saber más…
WEBS
http://www.starliht2007.net
http://eclipse.madiedo.com/darkskiesesp.html
www.ctio.noao.edu/light_pollution/index.html
http://www.diarioinformacion.com/
http://www.ndsw.org/es.htm
http://www.lightpollution.it/dmsp/ (muestra mapas de polución). En inglés
Reproducción íntegra del artículo publicado en el Diario La Vanguardia el 23 de Diciembre de 2007.




